Si eres de los que has vivido en la época en la que todavía se escribían cartas es posible que puedas sentir, entender o recordar lo que hoy te quiero contar. He sido de esas personas que desde muy temprana edad, antes de la adolescencia, ya escribía cartas. He mantenido relación epistolar con diversas personas a lo largo de mi vida, y aún puedo recordar esa emoción de la espera, de la llegada, de la lectura, del no saber que habrá pasado entre carta y carta, de la respuesta, de la intimidad entre tu, el papel y la pluma en la respuesta, del la lucha entre el apego y el desapego por la partida de cada carta enviada.

 “Lo que hemos perdido con las cartas es el tiempo entre una y otra.» Joan Margarit.

Hemos perdido el tiempo de saber esperar, de confiar, de sostener, de imaginar, de experimentar emociones, de generar reflexiones, de empatizar, de responder con equanimidad. El whatsapp, el móvil, el mail, las RRSS nos han dado rapidez, inmediatez, agilidad, pero no hemos pensado en todo lo que nos están quitando: la posibilidad de ejercitar nuestras más altas capacidades humanas, el placer de experimentar el encuentro genuino, pleno y vibrante con el otro, con el hermano.

Todavía recuerdo la emoción de la ultima carta que envie. Hace como 3 años, en uno de mis retiros para desconectar de la vorágine, le escribí y envié una postal a mi sobrino Gonzalo, que tenía por aquel entonces 7 años. Sentí que sería bonito que pudiera experimentar lo que es recibir una carta, que probablemente nunca lo sabría por los tiempos que le han tocado vivir. También pensé que de esa forma podría hacerse preguntas acerca de cómo llegó hasta él la carta, de donde venía, porque le había llegado, qué decía, y experimentar con ello el misterio que encierra todo el viaje de una carta,  y comprender que hay otros mundos además de los que el conoce, que también despiertan emociones, ideas y curiosidad. No me equivoqué, la imaginación y preguntas de una mente inquieta de 7 años se desataron con la llegada de la misiva.

También recuerdo la sensación de la última carta recibida, apenas hace 2 años: sorpresa al encontrarla encima de mi mesa; curiosidad acerca de quien sería; alegría al saber de quien era; sorpresa al ver de donde venía; ilusión y gratitud por saber que dos personas con las que compartí una parte de mi camino en la vida, un día en un país que no es el suyo, de vacaciones, te recuerda y se toman el tiempo para hacértelo saber a través de una postal.

Nos estamos perdiendo muchas vivencias, muchas experiencias emocionales positivas dejando atrás prácticas como la de escribir cartas.

Por suerte, como dice lacanción de Dani Martin «qué bonita la vida, que unas veces te da y otras te quita», si sabemos ahondar bien en nuestra experiencia interna a través de las diferentes vivencias externas que tenemos podemos encontrar la posibilidad de seguir viviendo las emociones asociadas a la relación epistolar. Sin ir más lejos, yo las he encontrado en las sesiones de mentoring, en este blog y en mi trabajo como mentora de personas y organizaciones.Cada sesión de mentoring es como ir al encuentro de esa carta que llega. No sabes que te vas a encontrar en la persona a la que estas acompañando, y no hablo de la primera sesión, sino de cualquiera de ellas. No sabes que ha pasado entre sesión y sesión, entre carta y carta, no sabes como está esa persona, no sabes que va a contar, que va a expresar, no sabes como vas a reaccionar. La intimidad de una sesión de mentoring es similar a la de la lectura o escritura de una carta. Es más, la experiencia deescuchar con profundidad, genuino interés y atención plena a la persona que tienes enfrente,es muy parecida a la lectura de esa carta que llega: ¿qué me está diciendo a través de sus palabras? ¿que es lo que está pasando en su vida y como lo está viviendo? ¿qué está queriendo decir? ¿qué emociones, qué anhelos se esconden tras sus palabras? ¿qué no dice y quiere ser dicho?

Todo el discurso de la persona es esa carta que llega, ella entera es esa carta que llega, y tu como mentor o mentora su destinatario, su lector. La respuesta a la carta son tus intervenciones puntuales, oportunas, precisas, acogiendo el mensaje y haciéndolo avanzar a través de preguntas, reflexiones, reformulaciones, hipótesis, mensajes de aprendizaje. Pueden parecer respuestas inmediatas, alejadas del viaje que las cartas suelen hacer, pero no es así, porque son resonantes, se van con su destinatario, le acompañan en su día a día hasta el envío de su nueva carta (una nueva sesión), revolotean en su mente y haciéndose presentes en sus actos.

La distancia en el tiempo de cada sesión os permite experimentar a ambos la emoción de la espera, de la llegada, de la sorpresa de la lectura, del no saber que habrá pasado desde el último encuentro compartido. Cada sesión es un espacio para la intimidad entre dos seres humanos que se escriben, se leen, se comprenden, se construyen, crecen juntos.  El principio y final de una sesión, lo mismo que el principio y final de un proceso y relación de mentoring, son el ejemplo perfecto de esa lucha entre el apego y el desapego que es necesario saber vivir para comprender lo que es el verdadero amor y nuestra existencia como seres sociales. Documentar una sesión de mentoring es volver a leer y escribir la carta, esta vez una carta aún más intima, en la que tú como mentor recuerdas el momento, lo vuelves a vivenciar, te haces consciente de mucho más mensajes, de aspectos de ti que estuvieron presentes y no viste, igual que cuando lees de nuevo una carta. Una carta está viva, no muere cuando ha sido escrita, revive en cada lectura, porque en cada nueva lectura se vuelve a escribir desde la mirada de su lector. Una carta no encierra solo el mensaje que se lee sino los que ya se han escrito antes y los que fueron respondidos. Carta a carta construimos una relación, la cultivamos, nutrimos, fortalecemos, la hacemos más intima. Las cartas se guardan, se conservan, no se tiran porque encierran una vida en común, una parte de tu vida. Documentar las sesiones de mentoring nos permite seguir escribiendo esa vida en común, mantenerla viva, hacerla presente en cada nuevo encuentro. Una sesión de mentoring no muere cuando termina, sigue viva entre las dos partes, gracias a su intimidad y a ese ejercicio del mentor de mantenerla viva en sus reflexiones, y eso es lo que permite que podamos hablar de una relación de mentoring, una relación construida carta a carta.

Es posible que a veces, incluso seamos la carta. El mensaje, el descubrimiento, el texto que el otro espera. En muchos de mis viajes al encuentro con las personas a las que estoy acompañando a través del mentoring, puedes llegar a sentirte como esa carta que va de un lugar a otro para hacer llegara su destinatario una esperanza, una nueva mirada, una luz, un momento de intimidad consigo mismo aunque tu estes con él, un voto de confianza, la energía que le falta.Quizás, sentir que cada uno de mis viajes es el viaje de esa carta que alguien espera, me hace experimentarlos de una forma más positiva, ilusionante, emocionante y significativa, especialmente, cuando el cansancio asoma o no tienes tus mejores días.  Esta semana lo he vuelto a experimentar: un viaje de 5 horas, sentirte en medio de la nada y a la vez en el centro del todo, fluyendo mientras el viaje sigue su curso, sin estar en ningún sitio pero sintiendo que estas en el sitio, tu sitio. Como la carta que viaja entre otras muchas pero sabe cual es su mensaje y cual es su destino, y llega a el y cumple su misión. Una experiencia cumbre en toda su magnitud.

Hace unas semanas Juan Cruz escribía en el país un artículo “En el fondo fuimos mejores por carta”, que ha inspirado este otro. Igual todavía podemos serlo, no renunciemos a serlo, aprendamos a conversar de otra forma, a escuchar de otra forma, a mirar de otra forma, a acompañar en silencio, a leernos, releernos, escribirnos y reescribirnos como una carta, a crear intimidad, consciencia y plenitud en los encuentros. Que la impaciencia por la respuesta inmediata no nos haga perder la inmensidad de la plenitud de una respuesta reflexiva, profunda y auténtica, e incluso todo el poder creador que puede encerrar una falta de respuesta.

Las cartas siempre tienen respuesta, aunque a veces no llegue y no podamos verla. A veces, simplemente hay que saber leerla aunque no esté escrita, descubrirla aunque no se haya manifestado. Otras, la respuesta tienes que crearla tú, e incluso tener la paciencia para saber esperarla o la seguridad para no hacerlo. Habrá ocasiones en que dejarse sorprender por la respuesta que no esperabas sea el mejor mensaje: ¿porque la he recibido yo? ¿por qué hoy, en este momento? ¿por qué de esta persona? ¿por qué estas palabras? ¿que me está diciendo todo esto?

 

Esta semana he recibido una carta, al día siguiente de terminar mi trabajo acompañando a una empresa en el logro de su meta. Después de dos días intensos en conversaciones con las diferentes personas implicadas en el programa de mentoring, que he estado desarrollando a lo largo del último año, recibo un mensaje de una de ellas.

«Desde que empecé a poner consciencia de mi mismo y empecé a quitarme la coraza que he llevado puesta tanto tiempo, disfruto como un enano de estas reflexiones que antes ni daba valor. Redescubrirme me alegra, también me duele. Estoy contento de haberme dado esta oportunidad. Me queda camino aun. No te quito más tiempo. Sigue con esta labor que tanto ayuda y que tanto te realiza.» 

 

Que bonito poder seguir escribiendo cartas, aunque sea sin papel, pluma y sello de correos.

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